martes, 16 de febrero de 2016

EL SANTO JUAN PABLO

Lo que parece lógico y normal a ojos de la religión se torna monstruoso. Las relaciones entre personas, la vida misma de la persona, siempre ha estado en entredicho a causa de una serie de dogmas antinaturales. Los seres humanos, biológicamente, nacen, crecen, se reproducen y mueren. Somos así, va en nuestra naturaleza. Es tan racional como que el hombre no puede derribar un árbol con sus manos o como que necesita beber agua y comer alimentos para vivir. Mal que les pese a algunos.

Recientemente han salido a la luz pública unas cartas “íntimas” que han permanecido en secreto durante años en la Biblioteca Nacional de Polonia. El que fuera el papa más joven de la historia y tras su muerte canonizado a una velocidad de vértigo, Karol Wojtyla, el ahora san Juan Pablo según los ingenios de la iglesia cristiana, mantuvo una estrecha amistad con Anna-Terese Tymieniecka, tal como desvelan esas cartas personales. Ambos eran compatriotas, ella vivió la dura experiencia de al ocupación nazi de Polonia y emigró a Estado Unidos. Anna-Terese, casada y con tres hijos, era filósofa y contactó con él para reeditar y ampliar conjuntamente un libro de filosofía escrito por Wojtyla (Persona y acción). Estos encuentros se sucedieron a lo largo de un tiempo dilatado, treinta años, y acabaron trascendiendo de lo meramente formal hasta convertirse en encuentros confidenciales, tal como desvelan esas cartas. Entonces Wojtyla ya ejercía de cardenal y arzobispo de Cracovia, allá por el año 1973. Esa amistad perduró a lo largo de los años, los encuentros se fueron sucediendo. En 1979 Karol Wojtyla fue elegido papa y siguieron reuniéndose, a solas o con la presencia de secretarias, cimentando una relación que ya venía de lejos y nunca fue desconocida. 

Han aparecido a la luz pública algunas fotografías que inmortalizan esos encuentros. Aquí se muestra una fotografía, en la que el aún cardenal, realizó un viaje a Estados Unidos 1976 para asistir a una conferencia católica y aprovechó para congeniar con Tymieniecka en la campiña de Nueva Inglaterra, lugar de residencia de la filósofa. Ya entonces, la compatriota de Wojtyla, revela en sus epístolas un conflicto emocional que va más allá de la pura amistad. La imagen que aquí se muestra deja entrever muchos aspectos de la vida íntima y personal que no se dejan al descubierto a cualquiera. Vemos un cardenal Wojtyla aún vigoroso, de piernas musculadas y hombros fornidos. En camiseta y pantalón corto. Ella vestida cómoda, camisa y falda anchas. Los dos muy campechanos, cercanos. Parecen que se acaban de levantar en mitad de la campiña y han salido de la tienda de campaña tras una noche apacible. Su actitud es la de una pareja que se conoce en la intimidad. Su tranquilidad corporal denota esa cercanía emocional. Dos hamacas, cada uno la suya, hacen que esa relación de pareja se extienda a su entorno y parezca de convivencia a ojos de Dios. Él mira al suelo, lleva ropa o una toalla en la manos, parece decir a Tymieniecka algo así: “Querida, las duchas estaban ocupadas, me ducharé después”. Ir de camping no tiene la mismas comodidades que vivir en el Vaticano, pero eso sí, es la mejor manera de pasar desapercibidos.


martes, 9 de febrero de 2016

EN SENTIDO CONTRARIO

A veces tengo la extraña sensación de ir a contracorriente. Supongo que es una percepción más común de lo que parece. Incluso, es posible que la gran mayoría de los mortales vivamos en una vorágine artificial que nos arrastra y no somos capaces de percibirlo debido a su monstruoso tamaño. Es como navegar por un río de cinco mil kilómetros de ancho en un bote sin remos. Te dejas llevar por la corriente, no hay más remedio. De hecho, debido a su enorme dimensión, ni tan siquiera sabes que es un río. 

Esa sensación de verte arrastrado, y creer que es lo común, resulta apabullante en los entornos metropolitanos. Llega la Navidad y todos hacemos los mismo: compra de regalos compulsiva, cenas y más cenas hasta el punto de parecer romanos (ojo con las comilonas familiares, tras unas copas comienzan a salir los trapos sucios), arbolitos, belenes, luces chillonas, películas típicas de Navidad, etc. Pasa la Navidad y vienen las rebajas: más compras compulsivas de bolsos, calzados, abrigos, pantalones, las New Balance “casual” que todo el mundo tiene, etc. Cantidad de series que visualizamos como autómatas: Juego de Tronos, House of cards, The walking dead, Vikingos, Homeland, Mad Men…, y eso sin contar las ya pasadas como Perdidos, Los Soprano, Expediente X y unas cuantas más. Esto viene de lejos, quién no ha visto El equipo A (M. A. Barracus y sus cadenas de oro y su canguela a volar en avión), El coche fantástico (“Kit te necesito”, decía a su reloj intercomunicador el larguirucho David Hasselhoff cuando estaba en un aprieto, y Kit iba en su ayuda raudo y veloz), Los vigilantes de la playa (con Pamela Anderson de estrella), Melrose Place (lugar idílico repleto niños guapos y niñas guapas), Cuéntame (eterno melodrama) y la archiconocida Vacaciones en el mar (titulada en realidad The love boat, El crucero del amor) o la famosísima Verano azul (quién no recuerda a Chanquete, a Tito, a Piraña o a Bea). Todos tenemos un coche y contaminamos. Todos tenemos móvil y aporreamos la pantalla táctil con ansia esperando recibir un mensaje de Whatsapp. Somos appadictos. Llega el verano y buscamos las vacaciones que ahora están de moda (los fiordos, Maldivas, Laponia o Papete). Compramos a toda velocidad en los supermercados los viernes por la tarde o los sábados por la mañana. Nos molesta enormemente hacer cinco minutos de cola. Nuestras casas están atestadas de aparatos eléctricos: aire acondicionado (varias máquinas), televisiones (también varias), ordenadores (por supuesto varios), tablets, lavavajillas, horno, lavadora, neveras, microondas, etc. Discutimos si un equipo ganará la Liga o la Champions, si un jugador es mejor que otro, si un entrenador es peor que otro. Los políticos están presentes en nuestras vidas como si fuera “el pan nuestro de cada día”, que dirían los del Vaticano. 

Vivimos rodeados de miles de imputs que nos llevan a actuar de una manera determinada. Son tantos, que forman una corriente devoradora que nos atrapa y de la que no podemos salir. Pero aún hay esperanza y lo vemos cuando paseamos por un bosque y nuestros ojos, felices de ver lo que ven, miran de otra forma; o cuando olemos la tierra húmeda después de llover y sentimos una agradable sensación, más cercana a nosotros de lo que nos creemos. Somos naturaleza, no lo olvidemos. El hombre debe encaminarse hacia lo natural y contrariamente caminamos, de forma innecesaria, en sentido contrario. Quizá nuestra civilización piense, debido a su vanidad, que vivirá eternamente. Tal vez, en el futuro, tengamos delante un robot y al mirar directamente a sus ojos galvánicos no podamos diferenciar si es un hombre o un puñado de cables, debido a esa corriente invasora y antinatural en la que vivimos constantemente y que poco a poco nos va cegando. O lo que sería peor aún, quizá llegue el día que prefiramos esa mirada galvánica a la de un ser humano. Entonces, estaremos perdidos.

martes, 2 de febrero de 2016

NOMBRES INMISERICORDES

El nombre es importante. Es la manera más rápida de identificar a alguien o algo. El nombre es tan importante, que en algunas ocasiones ha servido para definir un determinado objeto, una enfermedad o una actitud, o incluso, toda una época de la historia. La Francia napoleónica, todavía tiene complejo de Edipo, sus actos son maquiavélicos o el espectáculo fue dantesco, son algunos ejemplos. En estos casos el nombre se ha magnificado por su relevancia social, pero no olvidemos, que cualquier nombre está ligado a una serie definiciones que a todos nos asaltan nada más oírlo. Manuel tendrá un significado diferente para el que conozca un Manuel en el trabajo y sea un joven que acaba de entrar y anda perdido aún, o sea el jefe cascarrabias y soberbio de toda la vida. Imagínense para la mujer que tiene un jefe así llamado Manuel y, por esas casualidades de la vida, su marido también se llama Manuel. El batido bicefálico debe ser preocupante. Creo que, llegado un momento dado, tendría que decidir.

Si recibes una llamada de una mujer que se llama Margarita y tiene una voz delicada, es diferente a descolgar el teléfono y escuchar un vozarrón de un señor que dice llamarse Ramón. Si caminas por la calle Laurel, es muy diferente a pasear por la calle Infierno, aun siendo las dos arquitectónicamente muy parecidas. Por cierto, la calle Laurel de Logroño es un ejemplo real, recomiendo encarecidamente una visita. Lo mismo ocurriría con el monumento a la Víbora o la escultura a las Mariposas. 

Todos los nombres llevan a sus espaldas una serie de connotaciones. Si por un casual, caminando por Roma o por Nápoles, me encuentro con la avenida Mussolini me llevaría una sorpresa mayúscula. Esa avenida pasaría a ser un lugar oscuro e infecto, y los responsables de nombrar esa avenida con ese nombre pasarían ser unos indeseables, de la misma forma que las personas que pueden cambiar ese nombre y no quieren hacerlo o tanto les da. No me imagino pasear por Berlín o por un pintoresco pueblo de Baviera y encontrarme con la calle Goebbels, mano derecha de Hitler. O pasear por Valparaiso o Constitución y encontrarme un monumento a Pinochet. El caso es peculiar, lo que parece lógico en el extranjero, aquí no lo es. En España es relativamente corriente encontrar calles, plazas y monumentos en honor a algún personaje relevante de la dictadura franquista. Avenidas del Generalísimo deben de haber a cientos. Yo conozco unas cuantas. Lo mismo ocurre con un tal Primo de Rivera. Monumentos a “héroes” franquistas se erigen tranquilamente en plazas y paseos. Es difícil entender la cerrazón de algunos políticos conservadores. Su deseo manifiesto de mantener el recuerdo público de personas que pertenecieron activamente a un régimen militar dictatorial va más allá de lo racional. Si uno quiere adornar su casa con un cuadro de dos por dos con la cara de Franco porque le satisface o le genera unos recuerdos emotivos de otra época dorada a su entender, pues adelante, que lo haga, pero que lo haga en privado. Como si quiere tatuarse en el glúteo el águila con las flechas. De ninguna manera es ético, ni moral, ni lícito mantener nombres en calles o plazas, exponer monumentos o enarbolar, de algún modo, una dictadura y unos personajes que fueron los responsables de casi cuatro décadas sangrientas y de privación de libertades.

martes, 26 de enero de 2016

DOBLE PLETINA

Hubo un tiempo en el que la música era tangible, casi se podía toca. Llegaba del colegio y encendía la radio. Por entonces ya me gustaba Radio 3. En su programación había música de todo tipo, pero siempre poco convencional. Algunos de sus programas Discópolis, Fluido rosa, Diario Pop, Sateli 3, El Ambigú, Peligrosamente juntos, Siglo 21, Trópico utópico, eran realmente magníficos. Fernando Delgado, Diego Manrique, entre otras, daban nombre a unas voces que se hicieron familiares. Fueron años escuchando Radio 3, el montante de horas sería montañoso. Durante ese tiempo aprendí a apreciar la música, pero sobre todo aprendía disfrutarla. La música, como cualquier otro arte, ya sea pintura, escultura, literatura, etc., se tiene que educar para poder comprender y llegar a disfrutar. Puedes estar delante de un Velazquez, un Picasso o un Pollock y no lograr disfrutar de esa obra de arte por falta de conocimientos y educación artística. Lo mismo sucede con un libro. Las páginas que para unos son un verdadero tedio, para otros son un deleite. Sucede con Don Quijote de la Mancha de Cervantes o con Ulises de Joyce o con La broma infinita de Foster Wallace, por poner tres grandísimos ejemplos de diferentes épocas. Apreciar y disfrutar la música de Chaikovski, Rossini, Verdi o Bach, requiere una preparación y asimilar una serie de ideas y conceptos. Lo mismo sucede con los Pixies, Suede, New Order o Joy Division.

En aquella época la música se escuchaba en cinta, también conocido como casete. Una cinta original comprada se podía grabar con una radio de doble pletina. En una pletina se colocaba la original y en la otra la cita virgen. En la primera presionabas el “PLAY” y en la segunda en botón rojo de “REC”, grabar. Primeras confirmaciones de que el inglés servía para algo. Ambas cintas comenzaban a girar. Esa era la fórmula. Las típicas cintas vírgenes para grabar eran TDK, SONY y BASF, de 60 y 90 minutos. Esto quería decir 30 minutos por cada cara (A y B) en las de 60; y en las de 90 minutos, 45 por cara. También había de 46 y 120 minutos, pero eran menos comunes. Todas las cintas vírgenes eran “regrabables”, una ventaja, y además tenía un papel plegado y listado para escribir un índice de tus grabaciones. La cinta venía acompañada con unas pegatinas que se colocaban en cada cara (A y B) y servían para escribir encima el nombre del grupo o la grabación que había en esa cara, que no siempre era el mismo que en la otra. Aquí estaba en juego tu habilidad estilográfica para lograr un vistoso resultado.

Uno truco muy extendido era la utilización de un bolígrafo “Bic” para rebobinar manualmente, algo imprescindible. Otro era el celo, me refiero a la cinta adhesiva, no al instinto animal. Colocado en la parte inferior de una cinta con las pestañas rotas o para grabar sobre cintas originales, también formaba parte del instrumental necesario del grabador de cintas magnéticas.

Otra forma de grabar era directamente de la radio. Algunas de mis mejores grabaciones están realizadas gracias a programas de Radio 3. Escuchaba la sintonía de inicio y tenía la cinta virgen preparada con el dedo en el “REC”. El presentador solía alargarse demasiado. Comenzaba a hablar de una canción y del grupo mientras sonaba la música de fondo. Cuando dejaba de hablar le daba al “REC” y estaba muy atento a parar la grabación antes de que el comentarista hablara de nuevo. Las canciones solían cortarse unos segundos al principio y al final, pero la esencia se mantenía. No había otra forma. Después daba al “PLAY” para que avanzase la cinta dos o tres segundos, el espacio temporal que separaba las canciones, y volvía poner el dedo sobre “REC”. Esperaba a ver si la siguiente canción me gustaba. Si no era mi agrado, no grababa. Espera a la siguiente canción. Recuerdo que llegué a grabar programas enteros de Radio 3. Todas las canciones me gustaban, una detrás de otra. Llegó a no molestarme los comentarios del locutor. Incluso todo lo contrario, en muchas ocasiones eran aclaraciones o explicaciones muy interesantes. Otra grabación curiosa que solía realizar era grabar mi propia voz o la de mis padres o hermanos. Después nos escuchábamos y todos se quedaban parados al ver lo extraño que sonaban nuestras propias voces grabadas, eran voces desconocidas, como de otra dimensión. En cambio, la voz de los otros nos parecía normal. Era otros tiempos, otras sensaciones.


martes, 19 de enero de 2016

EL PODER DEL BESO

Los besos forman parte de ciertas funciones sociales, pero sobretodo me interesa el concepto romántico del beso, porque es ahí donde aflora el verdadero sentimiento del amor. Hay que distinguir el beso social, el beso sexual y el beso de enamorados. Las primeras historias donde aparece el beso romántico, que suelen representar a unos amantes desdichados que rompen las restricciones de la sociedad, son los relatos, leyendas y canciones de trovadores medievales, basadas en la caballerosidad y el amor galante. Anteriormente Platón, Homero, Catulo y otros escritores de la antigua Grecia y la vetusta Roma ya hacían referencia al beso en sus narraciones, pero no de forma enteramente romántica. Así pues, el beso romántico en los labios viene de las tradiciones medievales de amor cortés. Está impregnado de amor verdadero y es una acto conspirativo contra el cortejo pactado y el amor convenido. Incluso hoy, la traición y la infidelidad comienzan con un beso. Después sexo, pero nunca al revés. Por lo tanto, el origen del beso verdadero podría nacer de ese sentimiento de libertad ante las prácticas nupciales y amorosas establecidas que existían en tiempos pretéritos. 

Un ejemplo de beso romántico lo narra Shakespeare en su Romeo y Julieta. Todos conocemos la trágica historia de amor imposible entre dos enamorados que pertenecen a familias distintas e irreconciliables. Julieta dice:  “Ahora tienen mis labios el pecado que han tomado de los tuyos”. A lo que Romeo responde: “¿El pecado de mis labios? ¡Dulce reproche! Devuélvemelo”. Desde el principio, el beso y el “amor desdichado” van de la mano. Acaso esa sea la única posibilidad para el amor verdadero: quizá pecaminoso, como dice Julieta, pero irresistible. Hoy en día encontramos este mensaje implícito en todas las historias de la cultura de masas, desde las películas hasta las novelas superventas. El poder del beso furtivo para cambiar la vida de la gente nos empuja inexorablemente a besar. 

Besar se ha convertido en la acción romántica por excelencia. ¿Hay algo más romántico que dos personas abrazándose, mirándose a los ojos y, como colofón de ese momento romántico, besándose en los labios? En ese instante, el beso transporta a los amantes a otro nivel de la existencia, muy por encima de lo mundano. El beso sigue siendo una acción de amor subversiva, y tiene un gran significado, pues provoca una compleja serie de reacciones químicas que potencian los sentimientos románticos y hacen que los actos físicos, como las relaciones sexuales, sean mucho más significativos e íntimos. El beso es, en pocas palabras, un “elixir” embriagador. A fin de cuentas, el romance es un ideal, una parte de la forma en que fantaseamos sobre el mundo. Todos desean vivir una gran historia de amor, aunque puede que nunca llegue. El beso concierne a lo ideal, no a lo real. El beso tiene un enorme poder: durante unos instantes suspende la realidad y el mundo se vuelve perfecto. Cuando funciona, hace añicos lo cotidiano, nos olvidamos de las banalidades que constituyen el día a día. Dichoso acto.


"Le baiser de l'Hôtel de Ville", fotografía de Robert Doisneau.

martes, 12 de enero de 2016

LA INFANTA Y EL GUISANTE

En un país muy, muy, muy cercano, vivía una bella infanta de dulce sonrisa y tierno corazón. Su cabellos de oro eran la luz que iluminaba el reino de su padres, los reyes. La hermosa infanta tenía un hermano mayor, el apuesto príncipe del reino, y una hermana, otra bellísima infanta pero con menos encanto que ella. Los tres hermanos vivían muy felices, pasaban largos veranos en su palacio cercano al mar y los inviernos se divertían jugando en las montañas con la nieve. El rey, aficionado a la caza, ejercía su mandato con rigor y nobleza. La reina, figura discreta, destacaba por su elegancia y su buen hacer. Todos sus súbditos vivían alegres, los vítores del pueblo surgían al paso de tan querida familia real.

Un día, la bella infanta encontró un pretendiente. Se trataba de un apuesto caballero de noble linaje. La boda real se celebró por todo lo alto. El pueblo, encandilado por la majestuosa estampa que formaba la pareja, festejó con alegría y alborozo el casamiento durante tres días y tres noches. La nueva pareja real se fue a vivir a una ilustre casa y tuvieron varios hijos de noble linaje. Mientras tanto, la bella infanta y su marido se ganaban la vida honradamente colaborando en mejorar la sociedad mediante obras benéficas y la organización de eventos públicos ventajosos para sus súbditos. Eran todo un ejemplo de laboriosidad y ofrecimiento altruista. Una noche, antes de irse a dormir, unos de los preciosos hijos de la bella infanta colocó un guisante bajo del colchón de su padres. A la mañana siguiente el niño se sorprendió al ver que sus reales padres se levantaron como si nada, incluso los veía más alegres que nunca. No lo entendía, las personas de sangre real no pueden dormir con un guisante bajo el colchón porque son de piel muy delicada y sensible, él lo había leído mil veces. Ese día, tanto su padre como su madre recibieron visitas de personas importantes. Cuando sus padres se quedaron solos abrieron una botella de champán a modo de celebración. Esos encuentros se repitieron durante meses, los mismos meses que el guisante permaneció bajo el colchón sin crear ningún efecto negativo en los reales padres. Decepcionado por el resultado, el hijo real decidió quitar el guisante de su lugar. Pero entonces sí sucedió algo, las celebraciones dejaron de sucederse y la alegría que irradiaban sus reales padres, sobre todo su madre la infanta, fue menguando paulatinamente. Seguían recibiendo visitas, pero después, sus semblantes eran serios. La alegría que antes fluía por la ilustre casa se había convertido en una nube de pesimismo. Una mañana los dos se fueron y no volvieron hasta el día siguiente. A los pocos días el padre desapareció durante una larga temporada, motivos de trabajo, decía la madre e infanta del reino. Su ilustre casa fue vendida y se trasladaron a otra más modesta. La infanta se sumió en una depresión que la mantuvo encerrada en su cuarto durante meses. Sus hijos no alcanzaban a comprender la situación. 

El mismo niño que había colocado el guisante bajo el colchón de sus padres hace mucho tiempo, pensó en volver a colocarlo de nuevo. Su infantil razonamiento fue el siguiente: desde que quité el guisante mi noble madre está muy triste y hace una eternidad que no veo a mi padre. Pensó que si volvía a colocarlo bajo el colchón todo volvería a ir mejor, la alegría brillaría una vez más en la cara de su madre y su padre volvería de ese trabajo que tanto tiempo lo mantenía alejado de casa. Y así lo hizo, una mañana colocó de nuevo el guisante bajo el colchón de su madre. Al día siguiente no sucedió nada. Extrañado esperó unos días más. Decepcionado al ver que su madre continuaba derrumbada y su padre no aparecía decidió renegar de sus padres. Se dio cuenta que sus padres lo había engañado durante toda su vida. Y colorín colorado…

martes, 5 de enero de 2016

NO LO DIGO POR ACOJONAR

El 2016 promete ser un año divertido. El paro, principal preocupación desde hace años (más de los deseable), seguirá en tasas abrumadoramente altas. Si eres una de las personas que lleva en paro una temporada, el año que viene lo tendrás crudo. No lo digo para acojonar, simplemente es la realidad que a veces no queremos ver. Por el contrario, si durante este próximo año entras a formar parte de ese veintitantos por ciento de parados ya puedes ir rezando, que diría la beata del lugar, pues lo tendrás dificilillo para volver a cotizar a la Seguridad Social. Tampoco lo digo para acojonar, ni soy un gurú de pacotilla, a los datos me remito. Y hablando de Seguridad Social, me sorprende, con la que está cayendo, que la sanidad no sea un tema de preocupación más acuciante. Se ve que a la gente le preocupa más los partidos políticos y la política que su propia salud, paradoja ininteligible. Vamos que puedes estar con el hígado reventado o el riñón para el arrastre que lo más importante es que los políticos y la política en general sea llevadera. Perdonen la expresión, pero hay que ser necio. 

Por encima de la política nos preocupa aún más la corrupción y el fraude. Se supone que en estamentos públicos (políticos, funcionarios, etc.), porque en los privados allá se las compongan, pensarán muchos. La justicia actuará si los pillan, y si no lo hace, a mi no me afecta. Y aquí surge otra equivocación, porque en la mayoría de las ocasiones los problemas corrupción de cargos públicos están íntimamente ligados con los negocios privados, tan privados como sus propios bolsillos o los de su familia o colegas. Parece evidente que los problemas de corrupción son inseparables de la política. Esta percepción tiene un gran porcentaje de españoles, por qué será. 

La educación, que a mi humilde entender tendría que ser el primero de los problemas, ha pasado a ocupar un discreto puesto. Después de lo armado por Wert y su partido en materia de educación es incomprensible, que flaca es la mente y que instintivo es el ser humano. La educación es la base de la convivencia, el desarrollo y el bienestar. Un pueblo educado es un pueblo dichoso, crítico, respetado y respetuoso. Este es un largo camino y todavía estamos en los primeros tramos. Tampoco lo digo por acojonar, pero si los recortes han pasado a ser algo insignificante o poco importante para la inmensa mayoría como dicen las encuestas, mal andamos. Ni sanidad ni educación, quien la quiera que la pague y mientras tanto que viva la privatización amparada por la corrupción.

Algo que parece positivo es la poca importancia que se da al terrorismo. Al parecer somos valientes o quizás insensatos, quién sabe. La vivienda y las pensiones también son asuntos que tienen poca relevancia en nuestras preocupaciones, curioso dato. En cambio, la inmigración nos preocupa más, pero bastante lejos de la violencia contra la mujer. Me pregunto si seguimos siendo una sociedad machista o por el contrario profundamente igualitaria. Por cierto, algo que me choca es la preocupación por la inmigración y la nula inquietud por el racismo. Tal vez no seamos ni machistas ni igualitarios, sino esperpénticos, mirando el panorama creo que voy bien encaminado. Y hablando de esperpentos, los nacionalismos ocupan una posición bastante discreta en los problemas del conjunto de país. Así lo creemos, que no quiere decir que así lo pensemos. Los desahucios nos preocupan muy poco y eso que hay algunos que claman al cielo todavía. Lo mismo sucede con la subida del IVA, lo que fue un estruendo se ha quedado en un canto coral en “mi" menor.

Me he nutrido de datos publicados por el CIS. Las mayores preocupaciones con diferencia son el paro, la corrupción y la economía. El año 2016 será de lo más entretenido, si sobrevivimos, claro, y no lo digo por acojonar.